viernes, 27 de diciembre de 2019

El tímido

Este cuento nació aquí, entre las letras y los renglones, entre la hoja de papel y un frío ordenador, así sencillo, humilde, sin esperar a crecer, a quedarse pequeño porque es tímido.


lunes, 30 de septiembre de 2019

LAS PUERTAS DE MEZQUITE (de UN PEQUENO PUEBLO)


            Los años las han ido arrancando de sus dinteles y arrojado al fuego, y sus cenizas se han esparcido por el pueblo contando sus penas, pero las que han sobrevivido a estas injurias;  murmuran por las noches los acontecimientos que han tenido, pues son parte de la cultura que se aferra a estar presente a pesar de los años. Esas son las puertas de mezquite que con más de 100 años empotradas en las viejas paredes, han sido testigo de historias y de leyendas en cada familia que las posee, cuidan la seguridad de las casas y de los secretos mas íntimos del hogar, recuerdan que cuando eran nuevas y recien puestas en los marcos de las casas, eran el orgullo y reían gustosas al dejar pasar a los chiquillos todos asoleados de andar corriendo por las calles del pueblo, correteando un mayate que se les escapó con todo el hilo con que lo tenían atado, y cansados de seguirlo los niños buscaban un refugio fresco, la misma seguridad que brindaban a la madre que llegaba fatigada de la plaza, cargando en un brazo su canasta y sobre el hombro una olla de barro rebosante de agua fresca, que traía del pozo ubicado en pleno centro del pueblo, y la madre descansaba al pasar por el umbral en que la sombra del techo de carrizo le dan la oportunidad de retirarse de la cabeza el polvoso rebozo, para así dedicarse al quehacer cotidiano.

            La abuela, en un rincón con los ojos cansados y las manos firmes, teje petates con el tule fresco que le han traído esa mañana,  con la  venta de estos ayuda a la economía de la casa, los chicos se sientan junto a ella para ayudarle y les platica de cuando en la época de la revolución los soldados llegaron al pueblo, y esa sólida puerta, de forma valiente los contuvo lo suficiente para poder escapar con rumbo de Santa Cruz, desde donde veían el humo que salía del pueblo y creían que ya todo había acabado.

            El abuelo regresó después de la revuelta solo, y descubrió que su casa todavía contenía los paredones de adobe y piedra, y que la puerta había soportado el fuego y  demás vejaciones, eso lo animó a quedarse en el pueblo y volver a empezar, la reparó  con esfuerzo, cariño y gratitud, gracias a ella estaban vivos y gracias a ella había la esperanza de vivir en su tierra.

            Por eso desde un rincón, tejiendo petates, la abuela mira con amor su puerta de mezquite, una puerta vieja, pero maciza, una puerta de madera, pero valiente y se siente protegida porque en las noches escucha a esa  puerta contar esta historia y otras más...



Abril 2012

viernes, 23 de agosto de 2019

La silueta

Cuando en tiempos de antaño la calle real de mi pueblo tenía empedrado, era común escuchar como rozaban contra las piedras los aros de Metallica de de las carretas que pasaban atravesando de un extremo al otro con sus cargamentos de alfalfa, y sus mulas con un dejo de melancolía que regresaban tranquilamente al mediodía  a los establos, los saludos de ¡buenos días!, o ¡buenas tardes! eran comunes, ya que la cortesía era algo cotidiano y que no solo era cuestión de educación, sino de un deseo expreso de que te fuera bien durante el día, todo se conjuntaba en alegres ruidos que orquestaban el trayecto del sol que recorría puntualmente de oriente a poniente toda la calle, pero en la noche la tranquilidad y la quietud solo era roto por el sonido de las campanas de reloj de la parroquia que con exactitud cada quince minutos recordaba a los habitantes en que momento se encontraban sus sueños.

Pero no siempre todo era tranquilidad, precisamente en el camino real se encuentra una antigua Ex-hacienda que no ha estado habitada desde hace más de cincuenta años, y a pesar de su fuerte construcción y lo reconfortante de su patio y sus pasillos, sólo se utiliza para almacenamiento de grano, ya que al estar en una zona agropecuaria importante del bajío,  estas casonas deshabitados  lo aprovechaban sus dueños para guardar sus cosechas o para secar los chiles en el traspatio.

Es ésta casona la que nos llama la atención, y por lo cual estoy haciendo esta narración y por el gran frente que tiene hacia la calle, así como sus gruesos y altos muros que guardan tantas historias, quizás son sus espacios que se pueden adivinar a través de los agujeros de sus antiguas puertas de madera de mezquite los que guardan silencios y murmullos que nos dejan fantasear sobre sus antiguos ocupantes.

De lo que no es fantasía, es lo que cuentan sus vecinos, pues hablan sobre cierta silueta de un hombre que en las noches de plenilunio se aprecia, y es tan precisa que se ve su esbelta figura de pie sobre la gruesa barda, con un sombrero ancho, el silencio de la calle a tan altas horas de la noche es interrumpido por el ruido de sus botas y si alguien en ese momento pasa por la banqueta opuesta, su primer reflejo es voltear para ver quien viene atrás, pero con cierto temor confirman que no  hay mas transeuntes y es cuando la mirada se dirige hacía arriba, como no queriendo admitir su curiosidad, pero curiosidad al fin, y es cuando ven a este personaje entre la oscuridad como recorriendo o cuidando su propiedad, al pobre peatón no le queda mas que apurar su paso y no volver a voltear, pues siente la mirada de este personaje clavada sobres u espalda; algunos, en realidad pocos, lo han visto sentado sobre la barda, como descansando de una larga jornada, incluso hay quien aventuradamente afirma que está fumando un cigarrillo y disfrutando de la noche, pero eso sí, todos, pero todos coinciden en lo negro de su traje, mas negro que el cielo de noche y de como la botonadura de plata brilla, mas brillante que las pocas estrellas que se atreven a asomarse en esta noche. El charro negro le dicen, nadie sabe quien fue, nadie sabe porque está en la azotea y nadie, a través de generaciones ha querido preguntar.

Ahora con tanto ruido, con tantas luces, con tantos coches, ya nadie voltea a la azotea, ya nadie lo ha visto, los que pasan van agachados distraídos en sus celulares, y el charro negro desde las alturas, aburrido, solo les clava la mirada, ya no a sus espaldas, sino que baja para caminar detrás de las personas que ya no se percatan de su presencia, es un alma muy actualizada, que se fija en las ultimas noticias que hay en sus pantallas.





Cecilia Buenrostro

martes, 23 de julio de 2019

El Chaco y la espada


 A pesar de estar muy tranquilo sentado en su mesabanco, Ramiro voltea a cada rato a ver el gran reloj que está arriba del pizarrón, sabe que la manecilla más grande está moviéndose lentamente, demasiado lentamente,- no es justo, esa manecilla es muy caprichosa, porqué cuando son exámenes hasta parece que tiene prisa,- pero ahora que ya quiere que suene la campana de la salida, anda con sus lentitudes,  ¡caramba! no pone atención a la explicación que da la maestra sobre el niño artillero y cómo su valor ayudó a ganar a Morelos, y que por eso tiene un monumento en el patio de la escuela y que todas las escuelas de Celaya juntaron el dinero para construirlo,- que padre era esa época de la independencia- pensaba Ramiro,  en que los niños no iban a la escuela y se la pasaban en el campo cuidando y pastoreando a los animales, en eso le llega un papelito, es de Felipe, solo dice: “Trajiste dinero”, Ramiro voltea hacia la fila en que está Felipe y con una seña le indica afirmativamente su respuesta, y siente las monedas que trae en la bolsa del pantalón; monedas que no utilizó en el recreo durante varios días y que de acuerdo con sus amigos iban a verse a la hora de la salida para ir al jardín municipal a gastárselo, pero, ¡ah! Que lento va ese reloj, y su imaginación volaba hacia Cuautla, al fuerte de San Diego….- ¡Ya faltan cinco minutos! Y ese reloj que cada vez va más lento-, Ramiro ve hacia la ventana, el día está soleado, es perfecto, y recordó a su abuelita que le encargó que antes de llegar a la casa le llevara del mercado unos aguacates bien maduros para la comida, -espero que no se me olviden-, pensaba Ramiro cuando en eso escucha el toque de la salida, y como un resorte se para apurado para escuchar a la maestra que les indica  las tareas, francamente no le puso mucha atención, y metía su libreta y su lápiz en un morral que su mamá le había tejido para guardar los útiles de la escuela y salió corriendo para unirse en un mar de niños que se dirigen hacía la puerta de la salida, tratando de no atropellar a los más chiquitos que torpemente van caminando por el pasillo y esquivando a los mayores que van platicando tranquilamente sobre el partido de futbol que se jugó hoy en el recreo, cuando por fin logra atravesar la puerta; pues como buen deportista tiene que franquear a las hordas de mamas que están en la entrada y que parecen un muro de contención infantil, después de empujones, ya está en la calle; en un bullicioso ambiente infantil de alumnos que alegremente se dirigen a sus casas. Pero Ramiro y sus amigos tienen otros planes, van a ir a los portales del jardín, como es Jueves de Corpus, los moneros se colocan para comercializar la magia de sus juguetes, Ramiro se encuentra trepado en las rejas del templo del Carmen, donde quedó de verse con sus amigos; el primero en llegar es Paulo, que siempre es el más alegre y buen amigo, atrás llega José junto con Toño y Alejandro, llegan corriendo pues no podían atravesar el muro materno de la escuela, pero traen una gran sonrisa, ya solo falta esperar al “güero”, a Carlos, a Felipe y Manuel, para que se junte la tropa, sus amigos no tardaron en llegar y todos se dirigieron a la calle de Obregón hacia el jardín, que sus portales ya se veían llenos de color con los puestos de los cartoneros en el piso y recargados en las columnas de los arcos, ahí siempre están unos viejitos que llevan juguetes de lámina; a Cuca, la hermana de Ramiro le gustan las “cocinitas” sobre todo las que llevan trastecitos y se pueden abrir las puertitas, Ramiro por ser el menor de los hermanos le tocaba jugar a las comiditas con ella y no le quería contar a sus amigos, pero le quedaba muy bien un guacamole que hacía con flores de camelina y plantas de las macetas de su mamá, pero en este momento es otra la misión, recorrer todos los puestos para adquirir el mejor caballo de batalla, encontrar el Chaco perfecto en que quepa la cabeza y la más resistente espada que pueda acabar con el enemigo; como buenos compradores, anduvieron preguntando precios, checando la calidad, pero sobre todo el color más encendido, doña Jimena, una agradable señora siempre traía novedades, pues era muy hábil, lograba incluso llevar a personajes que aparecían en los cuentos o películas, ahí, Ramiro encontró un casco, muy parecido al que usaba Allende, y aunque le quedaba un poco grande era muy resistente, Toño encontró uno de Pancho Villa y el “Güero” ya presumía un quepí militar, Don Carlitos era el que siempre traía las mejores espadas y éste año no se quedó atrás, su puesto era todo un inventario de armas de madera, unas espadas grises escritas con leyendas, unos fusiles que el mismo Obregón hubiera deseado, Ramiro quería una pistola de madera que vendían con todo y cohetes, tronaban muy recio, pero no le alcanzaba para comprarla, así que se tomó su tiempo en escoger un sable que hiciera juego con su casco, cuando la alegre tropa se reunió frente al “Colonial” ya tenían armado todo un plan, iban a luchar la batalla de Cuautla y uno debería ser el General Galeana para comandarlos, y no se ponía de acuerdo, pensaron en rifarlo, pero por ahí Paulo dijo, -¡yo tengo un caballo, a mí me toca ser el General!-, Ramiro francamente no estaba de acuerdo y analizando rápidamente la situación dijo -¡Yo voy a comprar el mejor caballo! – todos lo vieron asombrados  y al sentirse importante Ramiro sacó un dinero extra que llevaba y se fue al mejor puesto seguido de sus compañeros, ahí aceptó asesoría para adquirir el mejor animal de monta, como expertos, revisaron los dientes, el pelo, los ojos, las orejas y las patas del animal en cuestión, todos acordaron que era un magnífico ejemplar, digno de un general y sin remordimientos Ramiro sacó de su bolsillo el dinero y pagó el precio del caballo.

El jardín de Celaya es un parque muy alegre, siempre ha representado el centro de la ciudad y desde su fundación ha estado presente siendo un gran testigo de grandes acontecimientos históricos y sociales de la población; está rodeado de Laureles de la India, árboles ya centenarios y dependiendo de la administración hacen  el arreglo de sus jardineras, ahí es parada obligada para tomar el tranvía que recorre la ciudad,  en el centro del jardín se encuentra un kiosco, muy útil pues los domingos y días de fiesta la banda municipal toca un amplio repertorio para deleite de los paseantes que descansan en las bancas, pero en este momento, se va a librar una batalla pues detrás de uno de los árboles se encuentra el General Galeana organizando a su ejército insurgente, contra el General Calleja, que comanda a los realistas; las estrategias son muchas pero saben que van a luchar para lograr la victoria para el General Morelos, Ramiro escogió con él a Felipe, Toño y Carlos, Paulo se decidió por el Güero, Alejandro y Manuel, ellos se encontraban del otro lado del kiosco, su estrategia era rodearlos y obligarlos a rendirse; la sorpresa es su mejor aliada, los insurgentes están muy confiados  decidiendo todavía por donde atacar. Los realistas tienen pistolas y rifles, pero Ramiro confía en sus hombres que son valientes y espera el ataque, suenan los cañonazos, se siente el olor de los cuetitos que adquirió Alejandro, pero Felipe no se queda atrás y lanza sus “cebollitas”, el Güero como es muy aventado brinca hacia el cerco de los enemigos, pero es recibido a espadazos, y tiene que regresar corriendo todo adolorido, pues alguien le dio una nalgada que se escuchó en todo el centro., el orgullo de los defensores estaba a todo cuando Paulo Calleja se lanza con toda su ofensiva hacía los insurgentes, los que luchan con gran valor, conteniendo al enemigo, sables contra fusiles, se oyen los gritos de dolor, se ven soldados cayendo, un chico tiene una espada atravesada debajo de la axila, otro está siendo encañonado por el enemigo, una pareja está en una fuerte pelea de espadas, un casco esta tirado debajo de una camelina, todos son observados atentamente por el “chato” el loco del pueblo, que siente que es el dueño del jardín, muy divertido le hecha porras a uno y otro bando, ésto enardece el ímpetu de la refriega y sigue la batalla, algunos ya cuerpo a cuerpo, la alegría y los gritos se mezclan, ¿ quién va a ganar? Aquí se decide, todos son valientes, ya Paulo tiene roto su casco, pero no suelta su caballo, va dirigiendo las maniobras cuando ve que Ramiro, casi termina con Alejandro, al cual corre a auxiliar y enfrentarse con Ramiro, los dos están frente a frente, se miran y con un grito chocan sus armas, es una lucha igualitaria, cada uno sobre su caballo, cada uno con casco y cada uno con su arma, ¿cuánto duró?, Nadie lo recuerda, pero las porras de ambos ejércitos aún se escuchan entre las ramas de estos árboles, solo las crónicas recuerdan que se tuvo que parar la batalla porque empezó a llover y cada soldado tuvo que correr a su casa.

Ramiro llego tarde con su abuelita, no llevaba los aguacates, y soportó el regaño valientemente como todo un General, en su mirada brillaba la alegría de un niño que lleva en la cabeza un casco todo golpeado y mojado, una espada rota y arrastrando un hermoso caballo de cartón.
Julio 2019
escrito para Coco Sanchez

miércoles, 10 de abril de 2019

Un pequeño pueblo (CUENTO)

Villarreal es un pequeño pueblo de campesinos, tranquilo, lleno de tradiciones y de personas sencillas, dedicadas a su trabajo, antaño después de las faenas del campo, la gente se sentaba en el dintel de las puertas a platicar o en el patio de sus casas a la elaboración de otra actividad económica en el ramo artesanal. seguido, pero muy seguido, la tranquilidad que se respira se corta por la organización de alguna fiesta patronal, hay que recordar que en Villarreal hay 27 santos patronos, y cada uno tiene su mayordomía y su novena, así, que se pueden considerar 243 días de fiesta en un año, algo que solo puede pasar en Villarreal.

Sus fiestas son sencillas al igual que sencillo es el pueblo, durante un año un grupo de personas se organiza en una "mayordomía", tienen su imagen, cruz o reliquia, la cual durante el año dicha reliquia, va y visita a todos los miembros de esta mayordomía, durante la visita, quien lo recibe organiza rezos, que se le llaman "velaciones", en la que va un trío de guitarristas llamados "concheros" y cantan las "alabanzas" que son oraciones muy particulares de la región, se bendice a los asistentes frente a un altar que lleva la imagen patrona de la mayordomía y que está decorado con velas, veladoras, una cantidad exhuberante de flores, frutas, copas con aceite y un pabilo, que están encendidas toda la noche, con manteles bordados a mano y el piso cubierto con petates para poderse hincar y ser bendecido con un sahomerio prendido con copal, así que dichas velaciones, son una explosión de color, aromas, sonidos y sabores, ya que también hay comida, panes, fruta, atole etc.

Al final del año, se entrega la imagen a la nueva mayordomía, con un evento que se le llama la "remuda" esta se inicia con una procesión que parte desde una capilla antigua y van con banda de viento, "cohetes" los miembros de la mayordomía van con sus mejores galas, eso sí todos del mismo color, hombres y mujeres, para identificase bien, llevan canastos con panes y fruta, y charolas con dulces, que durante el recorrido van aventando a los niños que se encuentran en el camino, se dirigen hacia el templo principal del pueblo, ahí se encuentran con la cofradía que recibe al santo, la cual también va con su banda de viento, llevan colgados al cuello unos ´panes y también llevan de regalo canastos de fruta y panes, igual el copal no falta, las flores, las velas, y cuando el padre les da la bendición de repente se convierte todo en un combate en el que se avientan dulces, una lluvia de dulces cae sobre las cofradías y los asistentes, se regalan los canastos de pan y fruta y se preparan a la fiesta, ya que en la tarde hay música de banda (de las dos cofradias, mientras una descansa la otra toca, ) y en la noche se queman los fuegos pirotécnicos.
Y así de forma muy sencilla es la fiesta de uno de los 27 patronos del pueblo.

CONTINUARA...