A pesar de estar muy tranquilo sentado en su mesabanco,
Ramiro voltea a cada rato a ver el gran reloj que está arriba del pizarrón,
sabe que la manecilla más grande está moviéndose lentamente, demasiado
lentamente,- no es justo, esa manecilla es muy caprichosa, porqué cuando son exámenes
hasta parece que tiene prisa,- pero ahora que ya quiere que suene la campana de
la salida, anda con sus lentitudes, ¡caramba!
no pone atención a la explicación que da la maestra sobre el niño artillero y
cómo su valor ayudó a ganar a Morelos, y que por eso tiene un monumento en el
patio de la escuela y que todas las escuelas de Celaya juntaron el dinero para
construirlo,- que padre era esa época de la independencia- pensaba Ramiro, en que los niños no iban a la escuela y se la
pasaban en el campo cuidando y pastoreando a los animales, en eso le llega un papelito,
es de Felipe, solo dice: “Trajiste dinero”, Ramiro voltea hacia la fila en que
está Felipe y con una seña le indica afirmativamente su respuesta, y siente las
monedas que trae en la bolsa del pantalón; monedas que no utilizó en el recreo
durante varios días y que de acuerdo con sus amigos iban a verse a la hora de
la salida para ir al jardín municipal a gastárselo, pero, ¡ah! Que lento va ese
reloj, y su imaginación volaba hacia Cuautla, al fuerte de San Diego….- ¡Ya
faltan cinco minutos! Y ese reloj que cada vez va más lento-, Ramiro ve hacia
la ventana, el día está soleado, es perfecto, y recordó a su abuelita que le
encargó que antes de llegar a la casa le llevara del mercado unos aguacates
bien maduros para la comida, -espero que no se me olviden-, pensaba Ramiro
cuando en eso escucha el toque de la salida, y como un resorte se para apurado
para escuchar a la maestra que les indica las tareas, francamente no le puso mucha
atención, y metía su libreta y su lápiz en un morral que su mamá le había
tejido para guardar los útiles de la escuela y salió corriendo para unirse en
un mar de niños que se dirigen hacía la puerta de la salida, tratando de no
atropellar a los más chiquitos que torpemente van caminando por el pasillo y
esquivando a los mayores que van platicando tranquilamente sobre el partido de
futbol que se jugó hoy en el recreo, cuando por fin logra atravesar la puerta;
pues como buen deportista tiene que franquear a las hordas de mamas que están en
la entrada y que parecen un muro de contención infantil, después de empujones,
ya está en la calle; en un bullicioso ambiente infantil de alumnos que alegremente
se dirigen a sus casas. Pero Ramiro y sus amigos tienen otros planes, van a ir
a los portales del jardín, como es Jueves de Corpus, los moneros se colocan
para comercializar la magia de sus juguetes, Ramiro se encuentra trepado en las
rejas del templo del Carmen, donde quedó de verse con sus amigos; el primero en
llegar es Paulo, que siempre es el más alegre y buen amigo, atrás llega José
junto con Toño y Alejandro, llegan corriendo pues no podían atravesar el muro
materno de la escuela, pero traen una gran sonrisa, ya solo falta esperar al “güero”,
a Carlos, a Felipe y Manuel, para que se junte la tropa, sus amigos no tardaron
en llegar y todos se dirigieron a la calle de Obregón hacia el jardín, que sus
portales ya se veían llenos de color con los puestos de los cartoneros en el
piso y recargados en las columnas de los arcos, ahí siempre están unos viejitos
que llevan juguetes de lámina; a Cuca, la hermana de Ramiro le gustan las “cocinitas”
sobre todo las que llevan trastecitos y se pueden abrir las puertitas, Ramiro
por ser el menor de los hermanos le tocaba jugar a las comiditas con ella y no
le quería contar a sus amigos, pero le quedaba muy bien un guacamole que hacía
con flores de camelina y plantas de las macetas de su mamá, pero en este
momento es otra la misión, recorrer todos los puestos para adquirir el mejor
caballo de batalla, encontrar el Chaco perfecto en que quepa la cabeza y la más
resistente espada que pueda acabar con el enemigo; como buenos compradores,
anduvieron preguntando precios, checando la calidad, pero sobre todo el color
más encendido, doña Jimena, una agradable señora siempre traía novedades, pues
era muy hábil, lograba incluso llevar a personajes que aparecían en los cuentos
o películas, ahí, Ramiro encontró un casco, muy parecido al que usaba Allende,
y aunque le quedaba un poco grande era muy resistente, Toño encontró uno de
Pancho Villa y el “Güero” ya presumía un quepí militar, Don Carlitos era el que
siempre traía las mejores espadas y éste año no se quedó atrás, su puesto era
todo un inventario de armas de madera, unas espadas grises escritas con
leyendas, unos fusiles que el mismo Obregón hubiera deseado, Ramiro quería una
pistola de madera que vendían con todo y cohetes, tronaban muy recio, pero no le
alcanzaba para comprarla, así que se tomó su tiempo en escoger un sable que
hiciera juego con su casco, cuando la alegre tropa se reunió frente al “Colonial”
ya tenían armado todo un plan, iban a luchar la batalla de Cuautla y uno
debería ser el General Galeana para comandarlos, y no se ponía de acuerdo, pensaron
en rifarlo, pero por ahí Paulo dijo, -¡yo tengo un caballo, a mí me toca ser el
General!-, Ramiro francamente no estaba de acuerdo y analizando rápidamente la
situación dijo -¡Yo voy a comprar el mejor caballo! – todos lo vieron asombrados
y al sentirse importante Ramiro sacó un
dinero extra que llevaba y se fue al mejor puesto seguido de sus compañeros,
ahí aceptó asesoría para adquirir el mejor animal de monta, como expertos,
revisaron los dientes, el pelo, los ojos, las orejas y las patas del animal en
cuestión, todos acordaron que era un magnífico ejemplar, digno de un general y
sin remordimientos Ramiro sacó de su bolsillo el dinero y pagó el precio del
caballo.
El jardín de Celaya es un parque muy alegre, siempre ha
representado el centro de la ciudad y desde su fundación ha estado presente
siendo un gran testigo de grandes acontecimientos históricos y sociales de la
población; está rodeado de Laureles de la India, árboles ya centenarios y
dependiendo de la administración hacen el arreglo de sus jardineras, ahí es parada
obligada para tomar el tranvía que recorre la ciudad, en el centro del jardín se encuentra un kiosco,
muy útil pues los domingos y días de fiesta la banda municipal toca un amplio
repertorio para deleite de los paseantes que descansan en las bancas, pero en
este momento, se va a librar una batalla pues detrás de uno de los árboles se
encuentra el General Galeana organizando a su ejército insurgente, contra el General
Calleja, que comanda a los realistas; las estrategias son muchas pero saben que
van a luchar para lograr la victoria para el General Morelos, Ramiro escogió
con él a Felipe, Toño y Carlos, Paulo se decidió por el Güero, Alejandro y
Manuel, ellos se encontraban del otro lado del kiosco, su estrategia era rodearlos
y obligarlos a rendirse; la sorpresa es su mejor aliada, los insurgentes están
muy confiados decidiendo todavía por donde
atacar. Los realistas tienen pistolas y rifles, pero Ramiro confía en sus
hombres que son valientes y espera el ataque, suenan los cañonazos, se siente
el olor de los cuetitos que adquirió Alejandro, pero Felipe no se queda atrás y
lanza sus “cebollitas”, el Güero como es muy aventado brinca hacia el cerco de
los enemigos, pero es recibido a espadazos, y tiene que regresar corriendo todo
adolorido, pues alguien le dio una nalgada que se escuchó en todo el centro., el
orgullo de los defensores estaba a todo cuando Paulo Calleja se lanza con toda
su ofensiva hacía los insurgentes, los que luchan con gran valor, conteniendo
al enemigo, sables contra fusiles, se oyen los gritos de dolor, se ven soldados
cayendo, un chico tiene una espada atravesada debajo de la axila, otro está
siendo encañonado por el enemigo, una pareja está en una fuerte pelea de
espadas, un casco esta tirado debajo de una camelina, todos son observados atentamente
por el “chato” el loco del pueblo, que siente que es el dueño del jardín, muy
divertido le hecha porras a uno y otro bando, ésto enardece el ímpetu de la
refriega y sigue la batalla, algunos ya cuerpo a cuerpo, la alegría y los
gritos se mezclan, ¿ quién va a ganar? Aquí se decide, todos son valientes, ya
Paulo tiene roto su casco, pero no suelta su caballo, va dirigiendo las maniobras
cuando ve que Ramiro, casi termina con Alejandro, al cual corre a auxiliar y
enfrentarse con Ramiro, los dos están frente a frente, se miran y con un grito
chocan sus armas, es una lucha igualitaria, cada uno sobre su caballo, cada uno
con casco y cada uno con su arma, ¿cuánto duró?, Nadie lo recuerda, pero las
porras de ambos ejércitos aún se escuchan entre las ramas de estos árboles,
solo las crónicas recuerdan que se tuvo que parar la batalla porque empezó a
llover y cada soldado tuvo que correr a su casa.
Ramiro llego tarde con su abuelita, no llevaba los
aguacates, y soportó el regaño valientemente como todo un General, en su mirada
brillaba la alegría de un niño que lleva en la cabeza un casco todo golpeado y
mojado, una espada rota y arrastrando un hermoso caballo de cartón.
Julio 2019
escrito para Coco Sanchez