lunes, 30 de septiembre de 2019

LAS PUERTAS DE MEZQUITE (de UN PEQUENO PUEBLO)


            Los años las han ido arrancando de sus dinteles y arrojado al fuego, y sus cenizas se han esparcido por el pueblo contando sus penas, pero las que han sobrevivido a estas injurias;  murmuran por las noches los acontecimientos que han tenido, pues son parte de la cultura que se aferra a estar presente a pesar de los años. Esas son las puertas de mezquite que con más de 100 años empotradas en las viejas paredes, han sido testigo de historias y de leyendas en cada familia que las posee, cuidan la seguridad de las casas y de los secretos mas íntimos del hogar, recuerdan que cuando eran nuevas y recien puestas en los marcos de las casas, eran el orgullo y reían gustosas al dejar pasar a los chiquillos todos asoleados de andar corriendo por las calles del pueblo, correteando un mayate que se les escapó con todo el hilo con que lo tenían atado, y cansados de seguirlo los niños buscaban un refugio fresco, la misma seguridad que brindaban a la madre que llegaba fatigada de la plaza, cargando en un brazo su canasta y sobre el hombro una olla de barro rebosante de agua fresca, que traía del pozo ubicado en pleno centro del pueblo, y la madre descansaba al pasar por el umbral en que la sombra del techo de carrizo le dan la oportunidad de retirarse de la cabeza el polvoso rebozo, para así dedicarse al quehacer cotidiano.

            La abuela, en un rincón con los ojos cansados y las manos firmes, teje petates con el tule fresco que le han traído esa mañana,  con la  venta de estos ayuda a la economía de la casa, los chicos se sientan junto a ella para ayudarle y les platica de cuando en la época de la revolución los soldados llegaron al pueblo, y esa sólida puerta, de forma valiente los contuvo lo suficiente para poder escapar con rumbo de Santa Cruz, desde donde veían el humo que salía del pueblo y creían que ya todo había acabado.

            El abuelo regresó después de la revuelta solo, y descubrió que su casa todavía contenía los paredones de adobe y piedra, y que la puerta había soportado el fuego y  demás vejaciones, eso lo animó a quedarse en el pueblo y volver a empezar, la reparó  con esfuerzo, cariño y gratitud, gracias a ella estaban vivos y gracias a ella había la esperanza de vivir en su tierra.

            Por eso desde un rincón, tejiendo petates, la abuela mira con amor su puerta de mezquite, una puerta vieja, pero maciza, una puerta de madera, pero valiente y se siente protegida porque en las noches escucha a esa  puerta contar esta historia y otras más...



Abril 2012