Los años las han ido arrancando de
sus dinteles y arrojado al fuego, y sus cenizas se han esparcido por el pueblo
contando sus penas, pero las que han sobrevivido a estas injurias; murmuran por las noches los acontecimientos
que han tenido, pues son parte de la cultura que se aferra a estar presente a
pesar de los años. Esas son las puertas de mezquite que con más de 100 años
empotradas en las viejas paredes, han sido testigo de historias y de leyendas
en cada familia que las posee, cuidan la seguridad de las casas y de los
secretos mas íntimos del hogar, recuerdan que cuando eran nuevas y recien
puestas en los marcos de las casas, eran el orgullo y reían gustosas al dejar
pasar a los chiquillos todos asoleados de andar corriendo por las calles del
pueblo, correteando un mayate que se les escapó con todo el hilo con que lo
tenían atado, y cansados de seguirlo los niños buscaban un refugio fresco, la
misma seguridad que brindaban a la madre que llegaba fatigada de la plaza, cargando
en un brazo su canasta y sobre el hombro una olla de barro rebosante de agua
fresca, que traía del pozo ubicado en pleno centro del pueblo, y la madre
descansaba al pasar por el umbral en que la sombra del techo de carrizo le dan
la oportunidad de retirarse de la cabeza el polvoso rebozo, para así dedicarse
al quehacer cotidiano.
La abuela, en un rincón con los ojos
cansados y las manos firmes, teje petates con el tule fresco que le han traído
esa mañana, con la venta de estos ayuda a la economía de la
casa, los chicos se sientan junto a ella para ayudarle y les platica de cuando
en la época de la revolución los soldados llegaron al pueblo, y esa sólida
puerta, de forma valiente los contuvo lo suficiente para poder escapar con
rumbo de Santa Cruz, desde donde veían el humo que salía del pueblo y creían
que ya todo había acabado.
El abuelo regresó después de la
revuelta solo, y descubrió que su casa todavía contenía los paredones de adobe
y piedra, y que la puerta había soportado el fuego y demás vejaciones, eso lo animó a quedarse en
el pueblo y volver a empezar, la reparó
con esfuerzo, cariño y gratitud, gracias a ella estaban vivos y gracias
a ella había la esperanza de vivir en su tierra.
Por eso desde un rincón, tejiendo
petates, la abuela mira con amor su puerta de mezquite, una puerta vieja, pero
maciza, una puerta de madera, pero valiente y se siente protegida porque en las
noches escucha a esa puerta contar esta
historia y otras más...
Abril 2012