Pero no siempre todo era tranquilidad, precisamente en el camino real se encuentra una antigua Ex-hacienda que no ha estado habitada desde hace más de cincuenta años, y a pesar de su fuerte construcción y lo reconfortante de su patio y sus pasillos, sólo se utiliza para almacenamiento de grano, ya que al estar en una zona agropecuaria importante del bajío, estas casonas deshabitados lo aprovechaban sus dueños para guardar sus cosechas o para secar los chiles en el traspatio.
Es ésta casona la que nos llama la atención, y por lo cual estoy haciendo esta narración y por el gran frente que tiene hacia la calle, así como sus gruesos y altos muros que guardan tantas historias, quizás son sus espacios que se pueden adivinar a través de los agujeros de sus antiguas puertas de madera de mezquite los que guardan silencios y murmullos que nos dejan fantasear sobre sus antiguos ocupantes.
De lo que no es fantasía, es lo que cuentan sus vecinos, pues hablan sobre cierta silueta de un hombre que en las noches de plenilunio se aprecia, y es tan precisa que se ve su esbelta figura de pie sobre la gruesa barda, con un sombrero ancho, el silencio de la calle a tan altas horas de la noche es interrumpido por el ruido de sus botas y si alguien en ese momento pasa por la banqueta opuesta, su primer reflejo es voltear para ver quien viene atrás, pero con cierto temor confirman que no hay mas transeuntes y es cuando la mirada se dirige hacía arriba, como no queriendo admitir su curiosidad, pero curiosidad al fin, y es cuando ven a este personaje entre la oscuridad como recorriendo o cuidando su propiedad, al pobre peatón no le queda mas que apurar su paso y no volver a voltear, pues siente la mirada de este personaje clavada sobres u espalda; algunos, en realidad pocos, lo han visto sentado sobre la barda, como descansando de una larga jornada, incluso hay quien aventuradamente afirma que está fumando un cigarrillo y disfrutando de la noche, pero eso sí, todos, pero todos coinciden en lo negro de su traje, mas negro que el cielo de noche y de como la botonadura de plata brilla, mas brillante que las pocas estrellas que se atreven a asomarse en esta noche. El charro negro le dicen, nadie sabe quien fue, nadie sabe porque está en la azotea y nadie, a través de generaciones ha querido preguntar.
Ahora con tanto ruido, con tantas luces, con tantos coches, ya nadie voltea a la azotea, ya nadie lo ha visto, los que pasan van agachados distraídos en sus celulares, y el charro negro desde las alturas, aburrido, solo les clava la mirada, ya no a sus espaldas, sino que baja para caminar detrás de las personas que ya no se percatan de su presencia, es un alma muy actualizada, que se fija en las ultimas noticias que hay en sus pantallas.
Cecilia Buenrostro